lunes, 6 de noviembre de 2017

Los masajistas y una mujer (1938) Anma to onna

Director: Hiroshi Shimizu

Guion: Hiroshi Shimizu

Sinopsis: Dos ciegos vagan por el ambiente rural ganándose la vida como masajistas. Cuando aparece una bella dama de Tokio la vida de uno de ellos cambiará al verse enamorado de ella.
Hablar del cine japonés de los años 30 es hacerlo del estado de madurez artística que alcanzó Kenji Mizoguchi con filmes como Elegía de Naniwa (1937) o Historia del último cristantemo (1939); pero también de la proyección del Yasujiro Ozu de antes de ir a la guerra que ya marcó un estilo propio con El hijo único (1936) o He nacido pero… (1932). Sin embargo, en este periodo de eclosión de estos dos grandes maestros de la cinematografía mundial, Hiroshi Shimizu nos dejaría sus más grandes películas, siendo esta década particularmente prolífica y la posterior una reafirmación clara de su carrera con cintas tan contundentes como Los niños del paraíso (1948).
Los masajistas y una mujer, de 1938, sirve para concentrar en sus escasos 66 minutos de duración la delicada sensibilidad de un director que se vale de su pirotecnia formal para reflejar la realidad del Japón de su tiempo. Con unos travellings diagonales que forman en la mente del espectador la arquitectura de lo mostrado, la dirección termina estos movimientos con uno reencuadres de las estancias que se asemejan a los que mediante el montaje y el plano fijo nos dejaría Ozu en sus filmes posteriores. También el deslizamiento en forma de L se antojará casi como un adelanto a un recurso magistralmente utilizado por Kôzaburô Yoshimura en su impresionante Historia de Genji (1951). Sabiendo situar la cámara tanto en el interior de la posada donde se alojan los protagonistas como en sus bellísimos exteriores, la mirada del realizador examina la vida nipona urbanita que se refugia del estrés cotidiano en el entorno rural. La cinta realiza un estudio social de sus gentes, valiéndose del humor en algunas ocasiones, haciendo de lo bufonesco o lo burlón un retazo de naturalidad que exprime el comportamiento idiosincrático de Japón. Aunque no por ello el filme se torna blanco e infantil, sino que sabe bucear por las distintas caras que ofrece la personalidad nipona, haciendo énfasis también en aquellos que imponen su condición superior ante los  ciegos, o simplemente sobre sus hijos o criadas. 
Lejos del melodrama trágico familiar de su cinta posterior Four Seasons of Children (1939), la acción dramática de esta película gira entorno a las sospechas que levanta sobre un ciego masajista una bella dama de Tokio. Siendo posible que sea la ladrona de las dos últimas posadas donde él ha trabajado, acaba enamorado de una mujer deseada por los hombres que encuentra en su camino. Un papel que recae sobre una radiante Mieko Takamine que encarna un rol complejo de conseguir. Mientras que por un lado su belleza y tranquilidad irradia la idea sumisa de la mujer virgen y pura que en tantas ocasiones se sentiría en el rostro de Setsuko Hara, por el otro asistimos al amago de una mujer fatal que esconde un gran misterio. Un compendio difícil que Shimizu logra acercarlo a la realidad en la escena más hermosa de la película, cuando a partir de su olor, logra despistar al ciego en una secuencia marcada por el silencio. Una escena donde la presencia de la joven embriaga al espectador en un juego de seducción metacinematográfico.
Los masajistas y una mujer termina en su esencia evitando el juicio moral de la representatividad coral de todos sus personajes, siendo su cineasta un mero retratista de lo observado, jugando a la ambigüedad psicológica negándose a levantar un dedo acusador. Es en definitiva una muestra de cariño hacia un pueblo que camina fuerte sobre sus propias faltas, sabiéndose levantar ante la adversidad y luchando por seguir adelante en un mundo bello, complejo, y socialmente confuso.


Luis Suñer